¿A dónde va el progresismo en Latinoamérica?

Ecuador, bastión del progresismo

La victoria de Lenín Moreno en Ecuador es un “tour de force” a favor de la izquierda latinoamericana en medio de una guerra sucia en la política regional

Por: Jorge Luis Serrano / Twitter: @JorgeLuisSerra

El recrudecimiento de la violencia política en Venezuela apenas terminado el proceso electoral en el Ecuador es claro síntoma, entre otros muchos, en torno a la estrategia regional de injerencia de la que el escenario electoral formaba parte. Para los partidos políticos que defienden el credo neoliberal a nivel continental, más allá de que exista o no un mecanismo estructurado de intercambio de ideas entre ellos, y para su aparato de intelectuales orgánicos en la conformación doméstica de la opinión pública, las elecciones en Ecuador eran clave, no solo para alcanzar la esquiva y codiciada victoria en lo local, sino para marcar un territorio icónico a favor de la franquicia a nivel continental. Perdieron. La jauría más allá de nuestras fronteras necesita mostrar símbolos que le permitan consolidar la idea de un retorno deseable y posible al viejo y conocido modelo económico de los años noventa y no mostrar, por el contrario, los rostros de Argentina y Brasil convulsionados por gigantescas manifestaciones sociales en contra de Macri y de Temer. En ese escenario Ecuador era la cereza y Venezuela el pastel.

Captura de pantalla 2017-06-01 a las 3.17.06 p.m.A nivel más general lo ha sido siempre, pero hoy, Latinoamérica, es un territorio abiertamente en disputa, entre los movimientos progresistas de izquierda surgidos en la madrugada del nuevo milenio y fuerzas de derecha fortalecidas hoy por tres factores: los largos ciclos de estos gobiernos progresistas (guste o no gobernar también es decepcionar), fuerte caída de ingresos públicos por la exportación de materias primas en un contexto de recesión global (agravado en nuestro caso por una moneda cara que no podemos controlar) y una campaña de medios sistemática para generar un clima doméstico de opinión adverso o negativo. No digo que sean los únicos, pero estos elementos están claramente presentes en el escenario político y económico ecuatoriano. A pesar de ello, tras una campaña política extremadamente agresiva y belicosa, prevaleció la opción de continuidad y cambio propuesta por Lenín Moreno. ¿Qué elementos lo hicieron posible y por qué la victoria de Alianza PAIS es tan importante a nivel continental?

A pesar del desgaste natural tras una década de gobierno, con dos últimos años extremadamente difíciles, es la primera vez en Ecuador que la decisión popular permite la continuidad entre gobernantes de un mismo partido político, que alcanzará al final del nuevo período casi 15 años bajo una misma tienda partidista. Nuestra convulsionada historia no recuerda algo parecido. Si bien el mapa electoral se modifica radicalmente en la última elección, la extracción popular del triunfo de Lenín Moreno es evidente, quedando al frente un núcleo duro de oposición de extrema derecha altamente polarizado. Su estrategia será apelar al desborde institucional, el uso indiscriminado de discursos de odio y echar mano continuamente de la desestabilización y el boicot.

Digamos que, durante la campaña, en materia de comunicación, los desequilibrios entre los candidatos generaron una especie de equilibrio final, porque, así como se puede decir que medios públicos y oficiales favorecieron la comunicación del candidato del movimiento gobernante, medios privados de prensa, radio y televisión asumieron un abierto, permanente y sistemático favoritismo en pro del candidato de la banca pautando su imagen y agenda sin decoro alguno, muchos años antes de la reciente contienda electoral. Una de las preguntas que surgen es, precisamente, cómo van a actuar en adelante las decenas de periodistas que abiertamente mostraron sus preferencias políticas (en sus propias palabras: “se la jugaron”) marcando su agenda comunicacional durante la campaña política en función de ellas. En el caso de los periodistas de medios privados que apoyaron al candidato perdedor quedan posicionados, de entrada, como actores de oposición o, incluso, como agentes de desestabilización. Los periodistas de medios públicos, por su parte, están automáticamente estigmatizados por trabajar en un medio público y para ellos no existen veedurías ni informes de ONG que los defienda cuando son atacados. Pero, ¿quienes trabajan en medios privados no rinden cuentas y simplemente hacen lo que les da la gana?

GUERRA SICOLÓGICA Y DIVISIÓN DE LA POBLACIÓN
Captura de pantalla 2017-06-01 a las 3.17.17 p.m.Mario Campuzano, psiquiatra, nos recuerda que muchos años atrás, al definirse el marco general de la estrategia de guerra de baja intensidad, concebida por el gobierno de Estados Unidos como una guerra de acción prolongada, de desgaste, para enfrentar a los movimientos de liberación y a los gobiernos de países no desarrollados y definidos como enemigos, se incluyó imperativamente el uso de medidas psicológicas y propagandísticas como parte de una “guerra sicológica.” Qué duda cabe que la región es hoy el escenario de un enfrentamiento de este tipo.

En la guerra sicológica, continúa Campuzano, se busca incidir sobre la opinión pública nacional e internacional para lograr una visión negativa de los enemigos, como se ha intentado e intenta hacer en Ecuador y en tantos otros lugares de Latinoamérica para producir el desgaste de los movimientos progresistas, y de la población que les brinda apoyo. Para esto se estimula la división de la población en torno a alguna diferencia susceptible de explotarse para ese fin con el propósito de lograr el enfrentamiento entre grupos locales o entre facciones de grupos que en otro momento coincidieron en sus acuerdos, y objetivos o que siempre han estado enfrentados entre sí. El propósito se orienta a aislar a la dirección del movimiento de sus aliados, desprestigiarla y quitarle base social, desvitalizar a los grupos creando tensiones y divisiones entre ellos, para generar las condiciones de una derrota política que, en caso de no producirse por los canales institucionales permitidos, echará mano de estrategias abiertamente antidemocráticas y eventualmente de enfrentamientos civiles paramilitares. Peter Watson señalaba que “la creación de un clima de incertidumbre, terror y división es uno de los ejes principales de la llamada guerra sicológica.” Los efectos negativos sobre la salud mental de la población en la que se han practicado este tipo de estrategias están ampliamente documentados y analizados.

Más allá del claro mensaje contradictorio de quienes, como la oposición ecuatoriana, echan a andar la guerra sucia y se clasifican a sí mismos públicamente como pacíficos, está un posible efecto inesperado: atizar el volcán de la desigualdad económica. Como aprendices de brujo eso hará que quizás sean capaces de aparecer demonios, pero seguro serán incapaces de controlarlos y el problema de la violencia es que se sabe cuándo empieza, pero no, cuando termina.

El riesgo para el Ecuador poselectoral está en que la guerra sucia va a continuar, y puede agregar encono a la división inicial dejando abierto el malestar, más allá de las elecciones dentro de una transformación que rebasa la dicotomía entre violentos y peligrosos, y entre pacíficos e institucionales para despertar la primaria y más trascendente división: la de clases, la división entre ricos y desposeídos, aquella que afanosamente se trata siempre de ocultar y de callar, y que surge con fuerza y claridad en los momentos de acumulación de contradicciones. Es la gran contradicción de la oposición ecuatoriana, pues dada la agenda de desobediencia institucional a la que se ha lanzado, ¿atizará la lucha de clases como estrategia?

Ecuador queda posicionado, mientras tanto, como un referente ineludible del progresismo mundial poniendo coto al argumento de fin de ciclo de los gobiernos de izquierda en Latinoamérica.